viernes, 08 de agosto de 2008
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"Aunque tú me olvides
te pondré en un altar de veladoras
y en cada una pondré tu nombre
y cuidaré de tu alma.
Amén."
Saúl Hernández

Fantasmas, mitos y leyendas... bien, todos sabemos k este tema siempre ha estado presente desde los relatos de nuestros abuelos, hasta nosotros mismos y posiblemente en las nuevas generaciones. ¿Quien no ha estado en contacto con relatos que enmarcan la presencia sobrenatural de estos seres? Estos fantasmas que ya forman parte relevante de nuestro cultura, comenzando con las mas arraigadas tradiciones como el “Día de Muertos” ese día en que los espíritus de nuestros familiares vuelven del “mas allá” para convivir con nosotros

Sobre el día de muertos es muy sabido que es una de las mas ricas tradiciones de México y que por desgracia se ha querido perder por la celebración del Halloween, indudablemente y como todos sabemos que esto es influencia de nuestros vecinos norteamericanos, pero también es notable parte de nuestra influencia en la actualidad en aquellas tierras en cuanto a recordar a los muertos de refiere.
"Sobre el muerto las coronas", "Cayendo el muerto soltando el llanto", "Caíte cadáver", "Se espantan del muerto y abrazan la mortaja", "Triste tu calavera", refranes y dichos populares que todos hemos escuchado o que hasta repetimos con frecuencia. Es tal nuestra convivencia diaria y casi desenfrenada con la "Calaca tilica y flaca" que hasta les ponemos nombres muy "mortuorios" a las calles: Calzada del Hueso y Barranca del Muerto, por ejemplo.

Independientemente de los días señalados como fiesta nacional, Día de Muertos es uno de los más grandes. Marca el reencuentro con nuestras raíces y considero que, sin importar las creencias religiosas de cada uno, todos reflexionamos acerca de lo que hay o no hay después de la muerte: ¿en verdad tenemos alma?, ¿existe el más allá?, ¿acaso podremos reencarnar?. Preguntas mil, cuestionamientos varios, dudas por millones.
En México existe desde 1800 a.de.C. un culto muy elaborado a los muertos. Los entierros de esa época se acompañaban con una gran cantidad de objetos de cerámica. El cadáver frecuentemente era sepultado con estatuillas femeninas, que al parecer simbolizaban la fertilidad y continuidad de la vida.

Lo más significativo para nuestros ancestros, es que tenían la creencia de que la muerte sólo era el punto culminante de la vida: la muerte y la vida son en realidad dos aspectos de lo mismo. Restos hallados en Tlatilco, estado de México, nos muestran que los antiguos alfareros confeccionaban imágenes con dos caras: un rostro viviente de un lado y una calavera burlona del otro.
La vida y la muerte estaban predestinados desde el nacimiento. Hay momentos, en la vida de todos, que accidental o deliberadamente determinan todo lo que sigue. Pero los aztecas, uno de los momentos era la muerte. Si alguien moría de tal modo, su vida ultraterrena era tal o tal. en ningún momento de su vida disponía de una elección individual como la que imaginamos para nosotros. No era sino una parte infinitesimal en un proceso cósmico de vida, muerte y regeneración.
La noción azteca del más allá, contemplaba tres paraísos. En primer lugar estaba el Paraíso Oriental del Sol, al que iban los guerreros muertos en batalla y los sacrificados en los altares del templo. En el crepúsculo de la tarde, sus almas se congregaban para acompañar jubilosamente al sol en su batalla nocturna para resurgir a la mañana siguiente. Después de 4 años, podían regresar a la tierra como pájaros cantores o mariposas.

En segundo lugar estaba el Paraíso Occidental del Sol, al que iban las mujeres muertas al dar a luz. Cuando el sol cruzaba su cenit, ellas ocupaban el lugar de los guerreros y lo escoltaban a lo largo del día hasta el horizonte occidental. También podían regresar a la tierra como mariposas nocturnas o podían adquirir el siniestro hábito de acechar en las encrucijadas, las noches de luna llena y devorar niños (entonces se convertían en temibles "citaviteos" o “cihuateteos”, brujas-vampiro).
El Tercer Paraíso o Cielo Meridional era para las almas escogidas por Tláloc, dios de la lluvia. Iban ahí los que habían muerto ahogados, fulminados por un rayo, suicidándose o por enfermedades asociadas con el agua -lepra, hidropesía, gota o reumatismo-. Era un jardín verde y exuberantes, pleno de flores donde la gente cantaba, jugaba y cazaba mariposas. Se consideraba que los que ingresaban a este paraíso, habían sido distinguidos por los dioses del agua y de la lluvia, de entre la mayoría de sus congéneres.
Y los niños al morir eran considerados como joyas, por ello después de muertos permanecían en la casa de Tonacatecuhtli, alimentados por el "chichihuacuauhco" o árbol nodriza, de donde manaban constantemente chorros de leche.
Para los que no lograban entrar a ninguno de los tres paraísos, las perspectivas no eran nada buenas. El alma iba al cielo Septentrional, Sitial de los Muertos o Mictlán, en un viaje que duraba 4 años, y atravesaba ocho submundos antes de alcanzar su meta final en el submundo moderno.

Antes de la cremación o inhumación, el sacerdote instruía al cadáver sobre las peripecias que lo aguardaban equipándolo con una buena provisión de comida, agua, estandartes de papel amate y un perro "xoloitzcuintli". En la boca le colocaban una cuenta de jade para sustituir al corazón y le dejaban presentes para que se los llevara al Señor y a la Señora del Mundo Subterráneo.
Los detalles de la travesía varían. Según algunas versiones, el alma debía cruzar primero un ancho río, aferrándose a la cola de su perro-mascota; luego debía atravesar altas montañas cuyas laderas frecuentemente chocaban entre sí; después recorrer un pasaje donde el viento era tan frío y áspero como las hojas de obsidiana; después abrirse paso a través de las rocas; luego eludir ráfagas de dardos; luego ahuyentar jaguares y otras bestias feroces que intentaban devorarle el corazón; después trepar por un desfiladero de roca quebradiza, y finalmente llegaría al lugar de las tinieblas y del piadoso olvido. Según algunos, el alma podía regresar una vez al año a la tierra en busca de alimentos antes de regresar a las sombras.
Semejantes a granos enterrados en la matriz terrenal, los muertos esperan su regreso a la vida bajo una nueva forma. Por eso se acercan a los vivos.

La herencia nos demuestra que las creencias antiguas mexicanas aseguraban que los muertos regresaban del más allá, para visitar a sus parientes que han quedado en la tierra. Así que los vivos debían recibirlos alegres, con música y con todo aquello que les gustaba en vida. Se levantaban altares donde los difuntos se alimentarían con el colorido y los olores de la ofrenda.
Ofrendar significa compartir con los parientes y amigos fallecidos ciertos goces de al vida y algo de los frutos obtenidos de la anualidad pasada, así como ofrecer alimentos, además de los tradicionales que se ofrendan en cada población, los preferidos en vida por los difuntos.




Dia de muertos en Oaxaca

Tags: dia, muertos

Publicado por PRK @ 11:09  | Artículos
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