"Aunque tú me olvides
te pondré en un altar de veladoras
y en cada una pondré tu nombre
y cuidaré de tu alma.
Amén."
Saúl Hernández
Fantasmas, mitos y leyendas... bien, todos sabemos k este tema
siempre ha estado presente desde los relatos de nuestros abuelos, hasta
nosotros mismos y posiblemente en las nuevas generaciones. ¿Quien no ha
estado en contacto con relatos que enmarcan la presencia sobrenatural
de estos seres? Estos fantasmas que ya forman parte relevante de
nuestro cultura, comenzando con las mas arraigadas tradiciones como el
“Día de Muertos” ese día en que los espíritus de nuestros familiares
vuelven del “mas allá” para convivir con nosotros
Sobre el día de muertos es muy sabido que es una de las mas ricas
tradiciones de México y que por desgracia se ha querido perder por la
celebración del Halloween, indudablemente y como todos sabemos que esto
es influencia de nuestros vecinos norteamericanos, pero también es
notable parte de nuestra influencia en la actualidad en aquellas
tierras en cuanto a recordar a los muertos de refiere. "Sobre el muerto las coronas", "Cayendo el muerto soltando el
llanto", "Caíte cadáver", "Se espantan del muerto y abrazan la
mortaja", "Triste tu calavera", refranes y dichos populares que todos
hemos escuchado o que hasta repetimos con frecuencia. Es tal nuestra
convivencia diaria y casi desenfrenada con la "Calaca tilica y flaca"
que hasta les ponemos nombres muy "mortuorios" a las calles: Calzada
del Hueso y Barranca del Muerto, por ejemplo.
Independientemente de los días señalados como fiesta nacional,
Día de Muertos es uno de los más grandes. Marca el reencuentro con
nuestras raíces y considero que, sin importar las creencias religiosas
de cada uno, todos reflexionamos acerca de lo que hay o no hay después
de la muerte: ¿en verdad tenemos alma?, ¿existe el más allá?, ¿acaso
podremos reencarnar?. Preguntas mil, cuestionamientos varios, dudas por
millones. En México existe desde 1800 a.de.C. un culto muy elaborado a los
muertos. Los entierros de esa época se acompañaban con una gran
cantidad de objetos de cerámica. El cadáver frecuentemente era
sepultado con estatuillas femeninas, que al parecer simbolizaban la
fertilidad y continuidad de la vida.
Lo más significativo para nuestros ancestros, es que tenían la
creencia de que la muerte sólo era el punto culminante de la vida: la
muerte y la vida son en realidad dos aspectos de lo mismo. Restos
hallados en Tlatilco, estado de México, nos muestran que los antiguos
alfareros confeccionaban imágenes con dos caras: un rostro viviente de
un lado y una calavera burlona del otro. La vida y la muerte estaban predestinados desde el nacimiento.
Hay momentos, en la vida de todos, que accidental o deliberadamente
determinan todo lo que sigue. Pero los aztecas, uno de los momentos era
la muerte. Si alguien moría de tal modo, su vida ultraterrena era tal o
tal. en ningún momento de su vida disponía de una elección individual
como la que imaginamos para nosotros. No era sino una parte
infinitesimal en un proceso cósmico de vida, muerte y regeneración. La noción azteca del más allá, contemplaba tres paraísos. En
primer lugar estaba el Paraíso Oriental del Sol, al que iban los
guerreros muertos en batalla y los sacrificados en los altares del
templo. En el crepúsculo de la tarde, sus almas se congregaban para
acompañar jubilosamente al sol en su batalla nocturna para resurgir a
la mañana siguiente. Después de 4 años, podían regresar a la tierra
como pájaros cantores o mariposas.
En segundo lugar estaba el Paraíso Occidental del Sol, al que
iban las mujeres muertas al dar a luz. Cuando el sol cruzaba su cenit,
ellas ocupaban el lugar de los guerreros y lo escoltaban a lo largo del
día hasta el horizonte occidental. También podían regresar a la tierra
como mariposas nocturnas o podían adquirir el siniestro hábito de
acechar en las encrucijadas, las noches de luna llena y devorar niños
(entonces se convertían en temibles "citaviteos" o “cihuateteos”,
brujas-vampiro). El Tercer Paraíso o Cielo Meridional era para las almas escogidas
por Tláloc, dios de la lluvia. Iban ahí los que habían muerto ahogados,
fulminados por un rayo, suicidándose o por enfermedades asociadas con
el agua -lepra, hidropesía, gota o reumatismo-. Era un jardín verde y
exuberantes, pleno de flores donde la gente cantaba, jugaba y cazaba
mariposas. Se consideraba que los que ingresaban a este paraíso, habían
sido distinguidos por los dioses del agua y de la lluvia, de entre la
mayoría de sus congéneres. Y los niños al morir eran considerados como joyas, por ello
después de muertos permanecían en la casa de Tonacatecuhtli,
alimentados por el "chichihuacuauhco" o árbol nodriza, de donde manaban
constantemente chorros de leche. Para los que no lograban entrar a ninguno de los tres paraísos,
las perspectivas no eran nada buenas. El alma iba al cielo
Septentrional, Sitial de los Muertos o Mictlán, en un viaje que duraba
4 años, y atravesaba ocho submundos antes de alcanzar su meta final en
el submundo moderno.
Antes de la cremación o inhumación, el sacerdote instruía al
cadáver sobre las peripecias que lo aguardaban equipándolo con una
buena provisión de comida, agua, estandartes de papel amate y un perro
"xoloitzcuintli". En la boca le colocaban una cuenta de jade para
sustituir al corazón y le dejaban presentes para que se los llevara al
Señor y a la Señora del Mundo Subterráneo. Los detalles de la travesía varían. Según algunas versiones, el
alma debía cruzar primero un ancho río, aferrándose a la cola de su
perro-mascota; luego debía atravesar altas montañas cuyas laderas
frecuentemente chocaban entre sí; después recorrer un pasaje donde el
viento era tan frío y áspero como las hojas de obsidiana; después
abrirse paso a través de las rocas; luego eludir ráfagas de dardos;
luego ahuyentar jaguares y otras bestias feroces que intentaban
devorarle el corazón; después trepar por un desfiladero de roca
quebradiza, y finalmente llegaría al lugar de las tinieblas y del
piadoso olvido. Según algunos, el alma podía regresar una vez al año a
la tierra en busca de alimentos antes de regresar a las sombras. Semejantes a granos enterrados en la matriz terrenal, los muertos
esperan su regreso a la vida bajo una nueva forma. Por eso se acercan a
los vivos.
La herencia nos demuestra que las creencias antiguas mexicanas
aseguraban que los muertos regresaban del más allá, para visitar a sus
parientes que han quedado en la tierra. Así que los vivos debían
recibirlos alegres, con música y con todo aquello que les gustaba en
vida. Se levantaban altares donde los difuntos se alimentarían con el
colorido y los olores de la ofrenda. Ofrendar significa compartir con los parientes y amigos
fallecidos ciertos goces de al vida y algo de los frutos obtenidos de
la anualidad pasada, así como ofrecer alimentos, además de los
tradicionales que se ofrendan en cada población, los preferidos en vida
por los difuntos.